Democratización de la sexualidad

Imagen #6

Tal vez porque no fue consecuencia de heroicas luchas sociales y políticas sino del fracaso del programa económico y la derrota de Malvinas (una Bastilla que se derrumbó sola), la democracia argentina parece vivir en estado de permanente desencanto, un medio tono de desilusión que nos empuja a descubrir todos los días que no era en realidad todo lo que prometía. Esta singularidad nos impide a menudo observar sus triunfos, no sólo los más obvios y unánimemente aceptados, como el confinamiento de los militares a sus ásperos cuarteles o el fin de la violencia política, sino también otros menos visibles pero cruciales: la alta asistencia electoral y el hecho, comprobable en las últimas elecciones, de que la gente vota contenta; los avances sanitarios en materias tan concretas como la esperanza de vida o la mortalidad infantil; la expansión permanente, incluso durante los 90, de la cobertura educativa en todos los niveles, con un aumento impresionante de la inclusión universitaria de los sectores populares gracias a la creación de nuevas universidades en el interior y el conurbano; y las conquistas en cuestiones de género, que van desde las leyes de salud reproductiva a la reducción de la brecha de ingresos entre hombres y mujeres y la mayor presencia femenina en ámbitos de decisión política.

Podríamos seguir con la lista de tendencias y contratendencias, pero sería un ejercicio agotador y al cabo inútil: un balance político supone algo más que un cuadro de pros y contras, y por eso este número especial de el Dipló analiza los treinta años de democracia desde varios ángulos complementarios, que van desde los clásicos (política, economía, sociedad) hasta los menos convencionales. Para sumar un punto de vista más, me enfocaré aquí en un tema que muchas veces se pasa por alto y que sin embargo es parte sustancial de las transformaciones ocurridas en estas tres décadas: la democratización de la vida íntima, en el sentido de un cambio–naturalizado en su cotidiana mutación pero ciertamente radical– de los vínculos de la puerta para adentro, incluyendo desde luego a las relaciones sexuales.Veamos.

Orgullo y prejuicio

En La transformación de la intimidad (1), el sociólogo inglés Anthony Giddens explica que vivimos en sociedades en las que priman lo que llama “relaciones puras”, es decir relaciones en las que las recompensas derivadas de la misma relación son el factor que hace que ésta continúe (quienes mantienen una relación lo hacen por los “beneficios” que obtienen de ella y no por una imposición externa). Menos condicionadas por las tradiciones religiosas o familiares que las del pasado, las relaciones puras se caracterizan por una mayor equidad sexual y emocional. Para Giddens, la relación pura es heredera del amor romántico típico del siglo XIX, que por primera vez aceptó la posibilidad de un lazo emocional duradero sobre la base de ese mismo vínculo y no por factores exteriores, como la decisión familiar o la dote. Pero la relación pura es una relación más igualitaria, flexible y moderna que la romántica, que no encierra a la mujer dentro de las paredes del hogar ni la condena a esperar pasivamente al hombre, como la Elisabeth Bennet de Orgullo y prejuicio que Keira Knightley elevó a la cumbre de su deslumbrante belleza (2).

Otro sociólogo dedicado a analizar los cambios operados en la vida social, el polaco Zygmunt Bauman, dice que la nuestra es la era del “amor líquido”, caracterizado por vínculos flexibles y cambiantes, que son más conexiones que relaciones y que incluyen lo que llama “vínculos de bolsillo” (se pueden sacar cuando uno quiere pero también guardarlos cuando ya no son necesarios), en el contexto de una sociedad afectiva en red. Una de las explicaciones de estos nuevos formatos relacionales radica en que, como señala Giddens, los vínculos de largo plazo suelen comportarse como los pozos petroleros: rinden mucho al principio y luego declinan.

Pero vayamos a la política. El alfonsinismo y el kirchnerismo, es decir los dos ciclos políticos de cambio progresista de estos 30 años de democracia, avanzaron en la sanción de leyes orientadas a ponerse al día con esta nueva realidad social: me refiero a las leyes de patria potestad compartida y divorcio de los 80, y a las de matrimonio igualitario e identidad de género de la última década, que en esencia implican el reconocimiento por parte del Estado de la autonomía de los ciudadanos acerca del modo más conveniente de vivir su vida privada, afectiva y familiar. Además de sugerir una línea de continuidad entre ambos gobiernos (una línea poco estudiada y que ilumina las conexiones del kirchnerismo con la tradición liberal), las iniciativas funcionaron como recurso de reinvención política en tiempos de debilidad: Alfonsín impulsó la ley de divorcio luego del fracaso del Plan Austral y el giro en su política de derechos humanos (de hecho fue sancionada la misma semana que la ley de obediencia debida), y Kirchner llevó adelante la ley de matrimonio igualitario tras la derrota en el conflicto por la 125.

Con este tipo de iniciativas, ambos gobiernos demostraron que la izquierda moderna es una izquierda de la igualdad pero también de la diferencia (para la izquierda clásica este tipo de temas eran irrelevantes al lado de las cuestiones realmente importantes, como la lucha de clases o la emancipación de los pueblos). Y, en el camino, pusieron en evidencia que los cambios culturales profundos son un trabajo de todos: como señala Giddens, mientras que la democratización de la vida pública fue una tarea básicamente masculina, la democratización de la vida íntima tiene a las mujeres, las minorías sexuales y los jóvenes como grandes protagonistas.

El punto G

La pregunta es delicada pero vale la pena formularla: así como se democratizaron las instituciones políticas y se democratizaron también los vínculos sociales, ¿se democratizó el sexo? Siguiendo al sociólogo francés Eric Fassin (3), que ha dedicado buena parte de su obra a estudiar la relación entre esfera pública y esfera privada, podríamos decir que sí. El razonamiento es simple: si la democracia supone la capacidad de la sociedad de gobernarse a sí misma más allá de cualquier principio trascendente (Dios o lo que sea), entonces el sexo se ha democratizado en el sentido de que se ejerce ya no según los mandatos tradicionales (reproductivos, patriarcales, heterosexuales) sino de acuerdo al gusto y placer de cada uno. No se trataría de ejercer una sexualidad sin normas, lo cual a Fassin le parece tan imposible como una sociedad sin reglas, sino de aceptar que la democratización de la sexualidad implica que las normas son discutidas y consensuadas dentro de cada pareja (o trío o lo que sea), sin más prohibiciones que aquellas contempladas en el Código Penal (violencia, menores, etc.). Como afirman los swinger a lo Rolando Hanglin, el único límite es el consentimiento.

El planteo, que a primera vista puede parecer abstracto, se verifica en concreto. Si se mira bien, es fácil comprobar que en estos treinta años diferentes grupos sociales mejoraron su capacidad de goce sexual: las mujeres, sobre todo las pobres, porque se han implementado políticas de salud reproductiva que les permiten acceder a métodos anticonceptivos y disfrutar de su sexualidad sin temor al embarazo, y también porque la progresiva toma de conciencia social acerca de las desigualdades de género les posibilita “negociar” su vida sexual en otras condiciones (y, en el extremo, decir no). También mejoró el disfrute de los jóvenes y los adolescentes, porque los “nuevos pactos familiares” replantearon las relaciones inter-generacionales, menos autoritarias que en el pasado, y habilitaron la posibilidad del sexo en casa (a esto también contribuyó una tendencia negativa de estos años, el aumento de la inseguridad, que convenció a muchos padres de la conveniencia de que sus hijos no salgan de noche y los empujó a aceptar resignadamente que se encierren en su cuarto con su pareja).

Paralelamente, las minorías sexuales fueron encontrado espacios para el ejercicio de su sexualidad que antes estaban limitados a los submundos gays (y que se han naturalizado con una rapidez asombrosa, como demuestra el hecho de que Florencia de la V hoy conduzca un programa en la mañana de… ¡Telefé!). Finalmente, mejoró también la performance de los mayores, aunque menos por efecto de la democratización que por el impacto del viagra (cabe preguntarse de todos modos si la revolucionaria píldora azul hubiera podido comercializarse en un contexto autoritario).

Las mujeres, los jóvenes, los gays, los viejos… no parece absurdo afirmar que, en un contexto de progresiva retirada del autoritarismo y debilitamiento de las tradiciones patriarcales y conservadoras, los avances en materia de tolerancia a la diversidad y respeto de la diferencia, valores promovidos por las instituciones democráticas e imposibles de garantizar sin ellas, mejoraron los “niveles de placer” de los sectores más vulnerables de la sociedad. Estamos pues ante una conquista fundamental de la democracia, imposible de medir pero muy real en la vida de millones de personas que se inclinan cada vez más por una sexualidad plástica, liberada de las necesidades reproductivas, más variada y compleja. Y ciertamente más divertida.

Todo es político

Al tiempo que ocurrían estos cambios, se producía también una politización del sexo. La irrupción del sida, que con el primer caso notificado en Argentina en 1982 prácticamente coincidió con el regreso de la democracia, le permitió al Estado recuperar su “autoridad sexual”, aunque no ya para imponer un mandato moral o religioso sino para desplegar una política sanitaria orientada a la prevención del virus. El efecto, sin embargo, no fue sólo epidemiológico: el uso del preservativo, es decir la introducción en el momento sexual de un objeto ajeno a los cuerpos, nos recuerda que existe un mundo externo, lo que a su vez hace visible el hecho de que las relaciones sexuales no son naturales, un simple reflejo de la biología, sino que están condicionadas por el entorno social y atravesadas por relaciones de poder: son construcciones sociales históricamente situadas y no –pongámonos psicoanalíticos– pura pulsión primaria.

Mi tesis final es la siguiente: hay una conexión entre la creciente aceptación social de la diversidad y el pluralismo sexual y la intervención del Estado vía políticas sanitarias en los mundos íntimos de las personas. En tiempo de descuento, la democracia argentina descubrió que, como decían las primeras feministas, lo personal también es político. Por José Natanson.

Fuente: Le Monde Diplomatique – Edicion cono Sur

Argentina: La Ley de Identidad de Género cumple un año

El 9 de mayo de 2012, el Senado aprobó la Ley de Identidad de Género, que contempla el reconocimiento de la identidad de las personas trans en su documentación personal, así como el acceso a la atención sanitaria integral en el sistema de Salud. Gracias a esta norma cualquier persona podrá solicitar el cambio del sexo y del nombre con el que fue registrada al nacer. La ley define por identidad de género a la vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente, la cual puede corresponder o no con el sexo asignado al momento de nacimiento, incluyendo la vivencia personal del cuerpo; lo que involucra la modificación de la apariencia o la función corporal a través de medios farmacológicos, quirúrgicos o de otra índole, siempre que ello sea libremente escogido. También incluye otras expresiones de género, como la vestimenta, el modo de hablar y los modales, establece el artículo segundo de la iniciativa. A partir de esta ley, toda persona podrá solicitar la rectificación registral del sexo y el cambio de nombre de pila e imagen, cuando no coincidan con su identidad de género autopercibida. La persona que solicite la rectificación registral del sexo debe ser mayor de 18 años y presentarse ante el Registro Nacional de la Personas para modificar sus datos, salvo el número del documento original. La rectificación registral no alterará la titularidad de los derechos y obligaciones jurídicas que pudieran corresponder a la persona con anterioridad a la inscripción del cambio registral, ni las provenientes de las relaciones propias del derecho de familia que se mantendrán inmodificables. Además, los efectores del sistema de salud deberán garantizar los derechos que esta ley reconoce, al tiempo que todas las prestaciones de salud contempladas en la Ley quedan incluidas en el Plan Médico Obligatorio. (Datos extraídos de la agencia de noticias Télam).

Los mapuches y la guerra del Pacífico

Los mapuches y la guerra del Pacífico

foto: Andrés Herrera

 

Los mapuches y la guerra del Pacífico

por Ramón Rocha Monroy

Cuando estalló la guerra del Pacífico, el pueblo mapuche, es decir, los valerosos araucanos se unieron para vengarse del despojo de tierras que habían sufrido desde la fundación de la república, y esperaron la derrota del ejército chileno; pero este venció y a continuación se dirigió al sur para encerrar a los mapuches en una tenaza junto al ejército argentino, a ambos lados de la cordillera. De este modo liquidaron la resistencia originaria y aniquilaron a los indios onas y tehuelches. Este proceso hay que leerlo como el inicio de las expediciones del General Julio Argentino Roca para extender la frontera de Argentina al sur exterminando a los pueblos originarios.
El despojo de tierras a los mapuches fue inspirado por la misma ideología liberal que rigió en Bolivia particularmente desde la ley de exvinculación de tierras, es decir, la disolución de las comunidades originarias para que los particulares pudieran vender grandes extensiones. Este proceso comenzó alrededor de 1853 con los caciques mapuches, quienes aprendieron a considerar las tierras comunitarias como suyas. Algunos jefes mapuches se opusieron a tal venta incluso con la muerte de los implicados, como ocurrió en 1862, pero fueron una minoría. No obstante, hubo una gran rebelión araucana de 1868 a 1871, para protestar por los avances del Ejército de la Frontera, que amparaba a los colonos blancos. El ejército ocupó la costa y al término de su campaña había arrebatado más de 1 millón de hectáreas a los araucanos arribanos y abajaninos, según provinieran de los Andes o de la costa. La guerra de guerrillas fue emprendida por 3.000 lanzas araucanas encabezadas por los caciques Catrileo, Coñoepan, Marileo y Painemal unidos a Quilapán, cacique arribano. Al final, el gobierno aniquiló la resistencia araucana gracias a dos factores: los rifles Remington y las líneas telegráficas.
Cuando estalló la guerra del Pacífico, los araucanos se prepararon para su noveno levantamiento general que duró de 1880 a 1882 y fue aplastado a ambos lados de los Andes. En los inicios, el límite entre Chile y el indómito territorio araucano eran las márgenes del río Bío Bío. Los mapuches estuvieron pendientes de los resultados de la guerra y “aun las mismas tribus rivales sellaron la paz y se unieron para ponerse de acuerdo en lo que debían hacer en caso de ser derrotado nuestro ejército; y entonces estar listas para un movimiento general para recuperar su territorio hasta el mismo Bío Bío”, según cuenta el investigador chileno Horacio Lara en Crónica de la Araucanía, publicado en 1889. Las razones de los mapuches fueron expuestas por uno de los caciques al coronel chileno Gregorio Urrutia: “Mira lo que han hecho solo conmigo; violaron y mataron a mis mujeres y también asesinaron a mis hijos; ¿y cómo queréis entonces, coronel, que no me subleve, cuando se me trata así? Mire coronel: preferimos morir todos con la lanza en la mano, y no asesinados en nuestras casas por tus paisanos.” Los “huincas”, como llamaban los mapuches a los blancos, fueron batidos en plan coordinado con el ejército argentino, en el cual actuaban Mariano Bejarano, Adolfo Alsina y Julio Argentino Roca, quien al final desplegó 26 columnas en la “campaña del desierto” y se convirtió en el mayor exterminador de indígenas de la historia sudamericana.
Derrotados los mapuches, de 1873 a 1900 fueron rematadas 1 millón 125 mil hectáreas que habían pertenecido desde hacía siglos a ellos. En 1903, la universidad chilena protestó porque los adjudicatarios estafaban al estado pagando sólo la primera cuota o abandonando las tierras luego de la primera cosecha o bien avanzando sus límites en tierras fiscales que antes pertenecieron a los mapuches. En 1866 se había prohibido que las haciendas tuvieran más de 500 hectáreas; no obstante, había haciendas de propietarios blancos de hasta 17.000 hectáreas. De este linaje fue José Bunster, multimillonario de las harinas de trigo, pero también personajes como Aníbal Pinto, presidente chileno cuando la guerra del Pacífico, que compró 5.000 cuadras (o hectáreas) en el Departamento de Arauco. Los mapuches tuvieron que distribuirse vendiendo artesanías en los pueblos, trabajando como colonos de los hacendados en tierras que antes eran suyas o trabajando pequeños predios agrícolas.
Lo mismo ocurrió en Magallanes, donde los indios onas y tehuelches fueron exterminados para introducir la crianza de ovejas otorgadas a colonos blancos chilenos y extranjeros. Entretanto, las salitreras de la provincia peruana de Tarapacá y de la provincia boliviana de Atacama pasaron a control del capital inglés, que constituyó allí una verdadera factoría, encabezados por el embajador británico North, de quién se dice que Northizó el norte “chileno”.
Este capítulo titulado “La conquista definitiva de la Araucanía”, del libro de historia de Chile de Luis Vitale, también ha sido SUPRIMIDO de la edición en pdf que se puede bajar del Archivo Chile.

De cómo “festejamos” hoy la semana de los Pueblos Originarios en la Argentina: con el desalojo de los hermanos Diaguitas

De cómo “festejamos” hoy la semana de los Pueblos Originarios en la Argentina: con el desalojo de los hermanos Diaguitas

Foto: Diego Aráoz

 

FUEGO EN EL COLLASUYO

O de cómo “festejamos” hoy la semana de los Pueblos Originario[1]s en la Argentina: con el desalojo de los hermanos Diaguitas, de la Comunidad El Divisadero, en Salta.

“Sepan, los que no han sabido
que no estoy de sólo estar
que estoy parado en el grito
bagualero del Pujllay”
(…)
“Ayer nomás ardió el pueblo por la tierra y por el pan
y la fogata en el valle no estaba de sólo estar!”

“Fuego en Animaná”
letra: Armando Tejada Gómez / música: César Isella

Un sueño, una historia de imágenes dignas

Son las 3 AM.

Me despierto con la imagen de fogatas que encendemos en medio de la noche con hermanos bolivianos, a la vera de una ruta, en nuestro territorio común, mientras se me esconden en la oscuridad las palabras que nos decimos.

Me despierto y me llega vivo el recuerdo de un relato encendido de la resistencia Calchaquí, que me contó Leo Malcó, artista y poeta callejero salteño, luego integrante del Movimiento Joaquina Cultural. Yo lo conocí por las calles del Centro a los 23 años, recién llegada a Salta, y luego en Santa Cecilia, el barrio de la zona Sur donde vivía, vecino de la Biblioteca Popular Daniel Toro, sede de los proyectos culturales para la inclusión social que hacíamos a principios del 2000, cuando el país se incendió, luego de las recetas neoliberales del Consenso de Washington.

Leo era una vasija de barro Calchaquí, cargado de imágenes e historias de la región. De los encuentros casuales por la calle con Leo, conocí mucha historia de Salta, y de la mejor manera: del relato oral, alucinado, amoroso, fraterno. Eso te queda grabado en el caracú de la memoria. Ese es el poder de la palabra oral, y está comprobado, que es más fuerte que la escritura. Ese relato oral que se sostiene como un hilo vivo a través del tiempo, es nuestra historia verdadera, la que quedó invisibilizada en los márgenes de “la” historia contada por los vencedores. Pero además, Leo no te contaba las historias con la palabra nada más, si no, que las asentaba en las imágenes de las láminas que hacía en acuarela y tinta, siempre andaba con su portafolios de dibujos, era como un kamishibai andino.

Por la época que lo conocí estaba obsesionado con la resistencia Diaguita en la meseta de Tacuil, Molinos adentro, en los Valles Calchaquíes. La emoción oscura del relato y la portentosa imagen que sacaba de su portafolios cada vez que me lo contaba, me acompañará toda mi vida. Y hoy esta memoria regresa para hacer frente a la impunidad actual y los derechos avasallados de los pueblos de los Valles Calchaquíes.

Quiero contarles la historia que Leo me confió sobre la resistencia Calchaquí, porque se sigue contando entre los abuelos vallistos y está viva entre los jóvenes de la zona, los que continúan la lucha por su territorio ancestral.

La colosal meseta cortada a pique, de más de 400 metros de piedra rosada, queda Molinos adentro, y se llega por un camino angosto, empinado; hoy hay un cartel que avisa: “Bienvenidos a Tacuil, tierra del vino”. Los Valles Calchaquíes son escenario de 130 años de resistencia armada de los Diaguitas frente al invasor español, desde los primeros contactos, en 1534, etapa histórica conocida como “Guerras Calchaquíes”. El último cacique de la lucha fue Iquín, quien en 1665 resiste en el conocido pucará de Quilmes, hasta que es vencido y su pueblo llevado a pie hasta Buenos Aires, repartido para “servidumbre” durante todo el camino. Hoy, una marca de cerveza nacional, cuya fábrica se asienta en el sitio bonaerense donde ellos estuvieron, lleva el nombre de este pueblo.

Leo Malcó me contaba que sobre el final de las Guerras Calchaquíes, en la dignidad feroz de la resistencia, un grupo importante de pueblos Diaguitas retrocedía posiciones hasta atrincherarse en la meseta de Tacuil. El sitio era inexpugnable. Los españoles no podían tomarlo. Pero luego de seis meses de valerosa lucha, se sumó un enemigo implacable: la ausencia de agua y alimentos. Lo que antes era un refugio, se transformó en una trampa mortal. Leo me contaba siempre muy emocionado esta parte de la historia: “ante la realidad de tener que someterse al español y vivir como esclavos, prefirieron morir: todos se despeñaron, se arrojaron al vacío. También las mujeres con los niños. Leo quedaba mudo y me mostraba su lámina hecha en tinta negra, donde se veían cuerpos volando como cóndores pequeñitos frente al contorno oscuro de la meseta de Tacuil. Y luego nos mirábamos, sin poder decir nada más.

Todavía se sienten las almas en el lugar. Son como fueguitos que caminan en las noches cerradas. Y caminando de día se ven muchas vasijas semienterradas de lo que fue su resistencia. Sus actuales pobladores cuentan sobre una “piedra trampa” en la única entrada a la cima del lugar. Es bueno saber de la presencia de esta piedra antes de subir, porque ahí arriba hay que tomar precauciones de no encontrarla: quien la pisa cae irremediablemente al vacío.

Este relato oral, ratifica la veracidad de la carta de un conquistador español, Gobernador del Tucumán de entonces, en 1659, Alonso de Mercado y Villacorta, quien informaba al Virrey sobre la suerte corrida por los pueblos de los valles, en plena Guerra Calchaquí: “he degollado cuatrocientos indios de guerra, despeñándose y muerto en los alcances de las cumbres otras tantas mujeres y más, aprisionándose mil piezas (…) y remitido a poblarse a la paz (dícese: esclavitud, encomienda) tres mil almas”[2].

La historia oral legitima a la historia escrita, y no al revés. Porque la verdad no está en lo que un conquistador, un vencedor, imponiendo su poder sobre la palabra, pueda escribir sobre un papel. Porque siempre las academias de la historia y la literatura, asientan la verdad de las fuentes legendarias a partir de un documento escrito, perpetuando inocentemente la lamentable herencia cultural del derecho romano. Es al revés: lo que pueblos oprimidos a lo largo de cientos de años, en las condiciones materiales más tremendas de subsistencia han decidido legar a sus hijos, como un tesoro vital, en un relato oral, es el núcleo de nuestra historia, porque esas condiciones de transmisión y la emoción que perdura en las palabras hasta la actualidad es su prueba de verdad. Y se nos adentra en el cuerpo. Ese relato oral que llega vivo, palpitante, de boca de los pueblos, y se carga de sentido es la “causa secreta de la Historia”[3], sostiene la identidad de los pueblos, para que la historia digna siga de pie, caminando.

Los Diaguitas siguen resistiendo. En la historia reciente se realiza otro tipo de vasallaje: el sistema de “obligaciones”, donde las comunidades se ven obligadas a trabajar en los cultivos de los terratenientes, gratis, como si debieran algo por ocupar sus territorios legítimos. Yo escuché muchas de esas historias durante los Carnavales, compartiendo el vino, donde se sueltan las penas. También escuché hace poco una bella y tremenda historia, de boca de un abuelo, que me contó que antes existían los “hombres luna”, trabajaban sus tierras de noche, sembraban a la luz de las estrellas, sus cultivos estaban escondidos, contra los cerros. Y así tenían algo qué comer. Porque de día tenían que trabajar todo el día en las tierras del patrón. Y me decía: “algunos de esos hombres luna deben seguir vivos, porque esta historia se sigue contando”.

A casi 20 años de la reforma constitucional argentina de 1994, que incorpora expresamente los derechos de los pueblos originarios, reconociendo su “preexistencia étnica y cultural”, vemos que en la práctica, hay casi una imposibilidad de ejecutar las reformas, sigue siendo una problemática la titularización de las tierras indígenas y continúan los ataques a la posesión ancestral de sus territorios. Desde los héroes diaguitas, como Kallchakí y Chelemín, continúan los mártires recientes: Javier Chocobar (2009), de Trancas, Tucumán, y Ambrosio Casimiro (2011), de Las Pailas, Salta, un joven luminoso, a quien tuve el honor de conocer. Hace poco se fundó con su nombre una biblioteca popular en la comunidad, como bastión de la cultura y defensa del territorio, con su humilde patrimonio físico. ¿La desalojarían también?

De cómo “celebramos” en Salta la Semana de los Pueblos Originarios

Anoche me llega la información por Facebook, de Alejandro Ahuerma, fotógrafo y comprometido periodista salteño, de que en La Semana de los Pueblos Originarios, la Jueza a cargo del Juzgado de Cafayate, Dra. Virgina Toranzos, ordenó el INMEDIATO DESALOJO por medio de la fuerza pública (¿qué es lo público, si no, lo comunitario? este uso ilegítimo de la fuerza pública socava toda legitimidad de la representación del Estado), dícese, policía de Salta, de la Comunidad Diaguita El Divisadero, en Cafayate. Al pie de la noticia hay un teléfono de contacto de uno de los dirigentes, Juan Condorí, lo llamo, me solidarizo. Juan se emociona de que alguien, un desconocido de Salta lo llame, hay mucha soledad para luchar por los derechos. Le ofrezco humildemente mis magras armas, algunas palabras, alguna posibilidad de registro audiovisual, tratar de comunicar lo que está ocurriendo a la comunidad cultural de la provincia, heredera de individualismo, llena de folclore y salteñidad, mientras se consiente desde la indiferencia, la destrucción de sus matrices culturales y de la Madre Tierra, la topadora por la dignidad de sus compatriotas y de la vida.

Juan me cuenta que la Jueza ordenó el desalojo, a pesar de que su comunidad se encuentra en trámite de Relevamiento Territorial y el territorio del que se ordena el desalojo ya ha sido Relevado por el Instituto Nacional de Asuntos Indígenas. Además, la Ley Nacional 26.160 ordena LA SUSPENSIÓN de todos los desalojos judiciales o administrativos de Comunidades Indígenas de los territorios que reclaman como propios, hasta fines de este año. La ley es de orden público, es decir que es de obligatorio cumplimiento. Este planteo se ha hecho judicialmente y reiterado en audiencia llevada adelante con la Sra. Jueza, la que fuera filmada íntegramente por personal del Juzgado. ¿Con qué autoridad un Juez puede hacer cumplir una orden, si trasgrede las Leyes de una manera tan obscena, que hasta es necesario grabarlo en video para afirmar que las conoce? Salvo que no nos hayamos enterado que la provincia de Salta se haya transformado en un Estado independiente del Nacional, entonces sea normal pasar por alto las legislaciones de ese orden. El Estado Nacional, a través del Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI), viene trabajando estos años, junto a la Unión de los Pueblos de la Nación Diaguita (UPND), tanto en el Reconocimiento Territorial previsto por la Ley 26.160, como la obtención de las personerías jurídicas comunitarias, dos acciones legales fundamentales para que el derecho constitucional de posesión de sus territorios pueda cumplirse en la realidad, y no sólo en la letra.

Dice el comunicado de la Comunidad Diaguita El Divisadero: “lo curioso es que existe sentencia en: “CONDORÍ, Cándido Rosario s/ MEDIDA AUTOSATISFACTIVA”, expte. n° 203/12 dictada por la misma jueza (el juzgado de Cafayate es de múltiple competencia) en el que se prohíbe la realización de trabajos que afecten restos arqueológicos y hay informe presentado por la Lic. Ledesma del Museo Antropológico que dice que toda esa zona es fuente de innumerables restos arqueológicos, los que serán destruidos por el denunciante al momento de comenzar los trabajos de nivelación del terreno que motivaran el primer pedido de la comunidad y la denuncia por usurpación por la cual se desalojará a la misma el día de mañana.”

También, Juan me contó que su comunidad, integrante de la Unión de los Pueblos de la Nación Diaguita, y organizada en el Encuentro Nacional de Organizaciones Territoriales de Pueblos Originarios (ENOTPO), presentó recientemente su propuesta para la Reforma, Unificación y Actualización de los Códigos Civil y Comercial en el Senado de la Nación. La presentación se trabajó territorialmente por las comunidades, en 15 audiencias públicas, y expresa, entre otros conceptos: “la conquista de América no sólo fue un avasallamiento cultural, sino que ha sido un genocidio camuflado y sistemático que rompió la institucionalidad de los Pueblos Originarios, a través de un régimen de opresión y una política de exterminio absoluto de las poblaciones originarias de este continente.”

Esperemos que el desalojo ilegítimo de la Comunidad Diaguita El Divisadero, de los Valles Calchaquíes no se concrete. Y que los intereses comunitarios prevalezcan sobre los mezquinos. Que de una vez por todas las Leyes que supimos conseguir, caminen con pies descalzos.

Recuerdo que durante los Festejos del Bicentenario de la Argentina, hubo una marcha de Pueblos Originarios muy importante, y lanzaron un documento que llamaba a reconocer nuestra historia desde el lugar más legitimado, pero también, su costado más dolorido y silenciado. Una parte del documento, decía:

“Las naciones originarias esperan en el silencio de sus montes, cordilleras, estepas, valles y montañas. Un silencio que ha sido interrumpido por el tronar de motosierras que todo desmonta, el rugido de topadoras y explosivos de las mineras que todo lo vuelan, el ingreso de petroleras que todo lo envenenan, la penetración de iglesias y sectas que todo lo convierten, partidos políticos y ofertas electorales que quiebran toda la unidad comunitaria.”[4]

No multipliquemos el silenciamiento.

La dignidad de la lucha y resistencia del pueblo Calchaquí nos llena de orgullo.

Las uvas de Salta están llenas de sangre. Siempre que compro un vino de los Valles no puedo dejar de sentir eso, pero es la primera vez que comparto este sentimiento. Nunca pude tomar el vino de Salta del mismo modo que los otros, por eso se me enciende de coplas, de voces de otros tiempos. Que al menos, la sangre que bebamos, se llene de memoria y de sueños de dignidad.

Verónica Ardanaz
Salta, 19 de abril de 2013.

[1] Con el objetivo de salvaguardar y perpetuar las culturas aborígenes de todo el Continente, el 19 DE ABRIL de 1940 se realizó en Pátzcuaro (México) el Primer Congreso Indigenista Interamericano integrado por organizaciones de diversos países de América. En el mismo participaron indígenas representantes de poblaciones autóctonas y ellos plantearon por primera vez, como actores, su situación social, económica y cultural. Esta conferencia produjo un documento que creó el Instituto Indigenita Interamericano, con sede en la ciudad de México y dependiente de la Organización de Estados Americanos. Argentina adhirió al documento de Pátzcuaro e instituyó el 19 de abril en el año 1945, mediante el decreto del Poder Ejecutivo Nacional Na 7550. Desde entonces Argentina es miembro permanente.
[2] Rubio Durán, Francisco A. “Adaptación de la Artillería al medio americano: las guerras calchaquíes en el siglo XVII”. http://revistas.ucm.es/amm/02148765/articulos/MILT9797220017A.PDF, 1997.
[3] José Lezama Lima “la poesía es la causa secreta de la Historia”.
[4] Fragmento del documento “Caminando por la Verdad, hacia un Estado Plurinacional” presentado al gobierno y a la sociedad, en el marco del Festejos del Bicentenario. La reivindicación del “estado plurinacional”, los vientos de los movimientos indígenas ecuatorianos y bolivianos, que les permitió posicionarse como nuevos actores políticos, vientos de transformación y reparación histórica.