“La Memoria Indígena de los Muertos”, por Andrés Herrera*

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En el ser originario, la memoria sobre sus ancestros vive y revive a diario en sus quehaceres. En su estar siendo los relaciona con su cosmovisión del buenvivir, el sumak kawsay, esa visión ancestral que considera a las personas como un elemento de la Pachamama, mediante la que se busca el equilibrio con la naturaleza tomando sólo lo necesario para perdurar. A través de evidencias arqueológicas sabemos que en muchas culturas del mundo andino, como por ejemplo en la tradición de nuestro cercano Valle de Tafí, se sepultaba a los muertos en el mismo patio principal de la vivienda, en donde los miembros de la familia realizaban sus tareas domésticas. Esta costumbre mucho nos dice sobre el valor y la memoria de la presencia de los muertos como acompañantes de la vida diaria, o bien como decía Kusch, en nuestro continente se trata de “vivir la cotidianeidad de lo sagrado”.

Así como también los menhires de Tafí, esos monolitos tallados con tantísima expresividad, vendrían a ser memoria de ancestros destacados, representados de forma fálica, quizás por haber sido líderes o chamanes, o quizás también como representación del poder de fertilidad en las siembras con la sola presencia del objeto, pero que ubicados como estaban originalmente, podrían habernos dado todo un mapa simbólico sobre esos cultos de la memoria colectiva. (Haberlos retirado de sus contextos y circunstancias culturales ha sido un atentado militar a la memoria indígena).

Un poco más allá, en Colombia, y también a través de la arqueología se dice que “la tumba es parte del país de los muertos, pero ellos no están exánimes e inertes sino que siguen participando en la vida diaria de los sobrevivientes.” Y es así como en las crónicas acerca del Valle del Cauca, unos indios colocan en una bóveda armas, sillas, ropa y recipientes usados por el difunto para que coma de noche, y que unos días luego de la sepultura se acercan a ver si lo escuchan. Es creencia común, las voces de los antepasados, entre los indios actuales de esa región en la que guían de esta forma a su comunidad. Se imaginan al muerto como si aún estuviera vivo, y por eso se les entierra con su comida y demás, en su aquí y ahora, o en el aquisito nomás del mundo andino. (a diferencia de culturas lejanas a nuestra cosmovisión, como la Egipcia y su libro de los muertos, en la que se suele pensar en provisiones para el camino hacia el más allá.)

Seykwa, un entusiasta miembro de una tribu de la etnia de los Arwakos, que son unos de los 4 grupos ancestrales que custodian a la sagrada Sierra Nevada de Santa Marta, en Colombia, me contaba allá por 2011, en medio de un paraje de esos interminables y misteriosos caminos verticales hacia la lejana nieve, acerca de que los bosques de la Sierra dicen mucho sobre la memoria de su pueblo, cuales testigos de su historia. Imborrables épicas de la naturaleza y sus originarios, y que muchas veces un suceso en el camino puede significar para ellos una señal. Y es asi que allá por los 90, la Sierra de los Arwakos, los Kankuamos, los Wiwas y los Kogi, se encontraban en la encrucijada de la lucha armada, siendo que grupos militares y paramilitares perseguían a guerrilleros de las Farc que se encontraban en tratativas de las guerras rurales. Una mañana, la comunidad de Seykwa encontró que uno de los árboles más grandes del camino, ubicado justo en una curva, se había derrumbado dejando ver sus enormes raíces. Un Mamo (o chamán) de la comunidad, rayó y rayó su poporo con el palito que usan como acto meditativo antes de mascar hojas de coca, y luego interpretó y advirtió de que gente importante de los suyos podría caer… y es así como recuerdan el vaticinio del día en que militares del estado colombiano dispararon abiertamente a dos líderes arwakos, una mujer y un hombre, que hoy viven en la presencia de las luchas por el reconocimiento del territorio y la libre determinación, un hombre quien fuera el padre de mi amigo Seykwa, y una mujer quien fuera su tía. No se recuerda agresión ni ninguna discusión por parte de estos líderes étnicos, sólo el simple hecho de que los arwakos sin ser aliados de la guerrilla, accedieron a venderles alimentos, un trato justo y honrado, y eso bastó para que el ejército los tratara de traición, en una acción teñida de hipocresía ya que cuando los soldados del estado colombiano pasaban por los caminos sagrados nunca ofrecieron negociar alimentos con los arwakos, puesto que se los apropiaban impunemente, a punta de fusil. Y es así como la memoria vive en el originario americano de estos tiempos, desde un pensamiento no occidental, que es algo muy distinto a una invocación de meros recuerdos, sino como una memoria de la presencia de los que ya no están.

En nuestro noroeste argentino, poco sabemos sobre los desaparecidos indígenas y sus relaciones con enfrentamientos armados, pero no por ello debemos abandonar el camino de la reparación histórica, porque quizás nos haga falta escuchar voces que han sufrido una doble marginación, sea por miedo a la represión militar, pero quizás sea también por que aún nos viene costando reconocerlos como una presencia activa en nuestra cultura, más allá de los bordes de la urbanidad, muchos de ellos viven como campesinos, pero siguen siendo originarios. Más allá de los pocos registros de los desplazamientos guerrilleros en el monte, aún se siguen oyendo historias ue estuvieron dormidas por temor, y es así que como ejemplo quiero mencionar que un comunero en Hualinchay nos cuenta que sintió peligro por los tantos libros que él había coleccionar, que un día decidió enterrarlos bajo tierra bien escondidos, pero bajo fuego también, porque eligió el piso de su cocina para cavar y luego tapar tantas páginas que habían sido parte de su curiosidad por devorar un conocimiento enciclopédico que a muchos terratenientes o estancieros dejaría boquiabiertos.

Nadie sospechó nunca que debajo de las brasas y la olla pudiera atesorar semejante biblioteca. Pero la memoria no está hecha de página sino también de misteriosos recuerdos de hallazgos de armas de guerra por la zona, e inclusive más al sur, en los caminos hacia Rearte comentan haber visto a una persona armada, uniformado pero barbado, que anduvo preguntando sobre las sendas para cruzar las cumbres hacia los valles calchaquíes… Valga homenajear en esta ocasión a tantos pueblos indígenas que perdieron personas en las luchas desiguales de los derechos y reconocimientos en nuestro continente. Pero que no sea un homenaje descriptivo, sino una invitación a los muertos indios a ser parte de nuestra memoria de presencia, como fundamentos de nuestra continua emancipación latinoamericana, y que para hacerla apelemos a conceptos de un modo más acorde para nuestra tierras, sin dejarnos llevar por la pequeña historia de la modernidad occidental, como decía Kusch, sino más bien por “los valores del ser americano, que no se mueve del ser al estar, como el europeo, sino del estar al ser: el ámbito, el suelo, es determinante en este continente.” Porque la memoria indígena siempre ha estado impregnada por la rebelión americana, desde los movimientos insurrecionales indígenas contra la colonia española, con Tupac Amaru como gran ejemplo liberador (inclusive de luchas de dos siglos después que tomaron de la tradición indígena, como los Tupamaros y los Uturuncos), las larguísimas Guerras Calchaquíes, con los memorables Quilmes como grandísimo símbolo de rebelión del modo de ser indígena, en aquél relato de los chamanes que se suicidaron en un barranco, contra los cardones, para proteger con ellos los conocimientos milenarios de la tradición andina. Para nada casual que actualmente la comunidad Quilmes se haya reorganizado y siga siendo de los pueblos más combativos en la lucha sobre el territorio, sobre los derechos de poder seguir siendo en su tierra.

La también indigenista revolución mexicana de Emiliano Zapata, hasta llegar a convertirse en el EZLN, y los autodeterminados en el territorio de Chiapas quienes, valientemente se enfrentaron a un Estado mexicano represivo y dictador que ignoraba las necesidades de las minorías étnicas. Guatemala y sus levantamientos contra los embates colonialistas, siendo el país en el que mayor porcentaje de habitantes se reconocen actualmente como indígenas. Los Mapuches, en el sur chileno y argentino, vienen guerreando desde antes de que estos estados se disputaran límites otrora inexistentes para las etnias del sur, y que hoy siguen en las mismas, con la conducción de sus Machis (o chamanas mujeres). Y tantas otras luchas que más allá de los desencuentros y diferencias, partieron de una base indoamericana como el FRIP, PRT-ERP, Montoneros y al mismísimo Ernesto Guevara, porque siempre que anduvo perdiéndose en el monte no dejó de ser un entusiasta estudioso de las arqueologías y de las realidades de nuestros pueblos originarios, para poder comprender esa negación eterna de los nuestros contra el occidente colonizador e invasor. Y al decir de Mariátegui: “No renegamos, propiamente, la herencia española; renegamos la herencia feudal.” n Gobierno Chiquito era lo que el líder Quintín Lame quiso hacer en Colombia, habitado y gobernado por indígenas en contra del gobierno estatal de los terratenientes, hace un siglo, es verdad, pero ahora mismo mientras escribo, la misma gente, la misma memoria del Gobierno Chiquito es lo que moviliza al pueblo del Cauca (sí, el mismo que invita a sus muertos a participar de la vida diaria) a luchar y movilizarse para hacer notar que no les han terminado de cumplir la promesa de reasignarles sus tierras, después de sucesivas matanzas por parte del actual estado colombiano y viles engaños con los “falsos positivos” mediante los que se hace firmar a la fuerza a los indígenas sobre delitos inventados. Todo esto ha devenido en la actual lucha indigenista que fue llamada “la liberación de la Pachamama”.

En Argentina se trató de aniquilar a todas las naciones originarias para poblar un territorio que se transformara en una nueva nación a la europea, se intentó erigir un país que desde el vamos fue construido con cimientos etnocidas, en el que el inmigrante y nuevo argentino tenía que pelearse él mismo con sus vecinos para hacer patria en el desierto, siguiendo las nefastas adaptaciones del evolucionismo biológico a la cultura, a través del concepto que más daño le ha hecho a la historia de la humanidad: la falsa dicotomía entre civilización y barbarie. Y es por ese origen sangriento y fratricida, es que aún seguimos siendo unos hermanos de la misma tierra pero en constante disputa, y eso por ello que se sigue argumentando con falacias importadas del western y con una pobreza de mente exasperante tales como la de que “en nuestro país no existen indios, los matamos a todos, yo no veo aquí a ningún indio con plumas, al contrario, usan zapatillas”. Pero en la actualidad, ante el fracaso de la civilización y del modo occidental del ser, el paradigma es encaminar todas las naciones de Latinoamérica que se levantan unidas, a una gran nación sin fronteras que viva en cosmovisión y forma que se ha desarrollado hace miles de años en estas tierras: el buen vivir con la naturaleza, la solidaridad entre hermanos y vecinos, la medicina de la selva y el estar siendo pacha.

*Andrés Herrera, antropólogo y escritor. Herrera es además  Cofundador de Anku “El Infinito Ensamble Luminoso”,   y artista visual. https://www.facebook.com/andresherrera78?fref=ts

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