Un estudio indica que en Argentina “el acceso a las élites económicas” es “cada vez más restringido”

Esta coyuntura se da debido a que el Estado continúa ubicándose como una de las principales fuentes de acumulación para los capitalistas que actúan en el medio local, ya sea en su rol de contratista, comprador o por la transferencia de recursos públicos. En el País solo el 2% de las mujeres integran las élites políticas y económicas. Las sociólogas Ana Castellani y Mariana Heredia señalan que este sector, a diferencia de la élite política, está cada vez está más cerrado a las clases medias: el 87,5% de los propietarios de empresas son hijos de empresarios. Las transformaciones sociales de fin de siglo colocaron a la categoría “clase social” en una encrucijada, al punto de que hoy ciertos investigadores la consideran un término obsoleto y otros se esfuerzan por ajustar su definición. En paralelo, al menos en el sentido común de muchos argentinos, los prejuicios sobre las clases mantienen una inusual vigencia, como si se tratara de grupos estáticos en el tiempo, con atributos morales específicos: los sectores populares son buenos y padecen o son naturalmente violentos y agresivos; la clase alta argentina es la misma oligarquía de los años veinte o son empresarios que toman riesgos y se sacrifican por el país. Las ciencias sociales y el Estado han investigado en detalle a los pobres, su composición, el modo en que se vieron afectados por cada crisis. En cambio, muy poco se ha estudiado a los grupos que controlan los resortes del poder social, económico, político y cultural en el país.

Las investigadoras del CONICET, Ana Castellani y Mariana Heredia se propusieron romper esa barrera y encararon junto a otros colegas, un proyecto de investigación en el Instituto de Altos Estudios Sociales (IDAES) de la Universidad Nacional de San Martín, dedicado a reconstruir el perfil y las trayectorias del conjunto de individuos que componen las élites políticas y económicas, desde 1976 hasta la actualidad. Los resultados preliminares para el período 1976-2001, muestran que, al menos en las jurisdicciones modernas, las élites políticas siguen relativamente abiertas para quienes no detentan una posición familiar de privilegio, pero que, en paralelo, el acceso a las élites económicas, se fue volviendo cada vez más restringido: a mediados de los años setenta, el 60% de las personas que ocupaban una posición de élite económica eran hijos de empresarios; en los años noventa, esta cifra ascendió al 80 por ciento.

La palabra élite es una noción ambigua. En los países donde se apela a ese concepto, como en Francia, se lo suele utilizar para hablar, al mismo tiempo, de los grandes empresarios, las familias ricas, y los funcionarios de Estado. En esos casos, se supone, existe cierta convergencia, familiaridad, entre la dirigencia política y quienes manejan los resortes de la economía. La pregunta por esa relación en la Argentina fue el punto de partida de esta investigación.

“Argentina se caracterizó por tener una élite económica mucho más permeable que Brasil, Chile, Uruguay, o incluso Francia. En esos países, las élites son mucho más cerradas, uno constata familias que se reproducen, todos conocen ciertos apellidos. En Argentina, hasta los ochenta, no era extraño encontrar personas que provenían de clases medias y bajas. Esto se ve cada vez menos. El 87,5% de los propietarios de empresas son hijos de empresarios. Pero según nuestra definición, la élite económica no está sólo compuesta por los dueños de las empresas, sino que introduce a los dirigentes corporativos que no son propietarios, a los gerentes de alto rango y los directivos de corporaciones del empresariado. Los sectores medios con cierta educación, cada vez más alta, sí llegan a ocupar esos puestos. Es decir, hoy es difícil que desde las clases medias alguien pueda convertirse en  propietario de una empresa grande, pero no que la llegue a dirigir”, explicó a Tiempo Castellani.

“No se ve lo mismo en el caso de la élite política. En distritos como Córdoba, Santa Fe, Buenos Aires, hay una mayor apertura. Los partidos en general, y el peronismo en particular, se nutren de militantes y personas comprometidas con lo público, que pueden provenir, por ejemplo, del mundo de la farándula o de las ONG. No hay tantas familias políticas y no necesariamente tienen un capital económico elevado. El cierre es más claro en otras provincias, donde el peso del origen social es más fuerte y existe una relación estrecha entre los políticos y los hombres de negocios. Por supuesto, clausura y apertura son siempre términos relativos. Argentina está en una posición intermedia”, agregó Heredia.

Junto a esos cambios, el trabajo registra algunas continuidades. Los empresarios consideran fundamental tener una agenda amplia de contactos porque, en muchos casos, sus ganancias reposan, desde la última dictadura hasta la actualidad, en el vínculo estratégico con lo estatal. Es decir, el Estado continúa ubicándose como una de las principales fuentes de acumulación para los capitalistas que actúan en el medio local, ya sea en su rol de contratista, comprador o por la transferencia de recursos públicos.

Tal vez eso explique por qué, a diferencia de lo que sucede en Nueva York o Santiago de Chile, las élites económicas en Buenos Aires no despliegan abiertamente su patrimonio, ni dan notas en la prensa, ni se sienten con el derecho a dar “lecciones” al resto de los ciudadanos. En consonancia, no existe sobre ellas un discurso enaltecedor, ni se las dota de honorabilidad, sino que se las tiende a condenar o a tratar con recelo. En Argentina, indican las investigadoras, las élites económicas están fuertemente asociadas a mecanismos espurios de acumulación de riqueza, aunque no esté claro que estos mecanismos sean más generalizados que en otros países. La sospecha se sustenta además en la histórica autopercepción de Argentina como un país de clases medias y el recelo de la mayoría hacia quienes se distinguen por tener más riqueza o más poder. Por todo ello, los grandes empresarios tienden a eludir la visibilidad pública y a elegir la discreción de los clubes selectos y las oficinas ministeriales.

Pero no se trata sólo de un vínculo estrecho con el Estado. En muchos casos, las investigadoras prefieren hablar de una “colonización del aparato estatal” por parte de las élites económicas. Esto se expresa, por ejemplo, en el ejercicio de cargos públicos. La muestra señala que la mitad de los dirigentes corporativos y el 60% de los presidentes de las empresas fueron, en algún momento, funcionarios.

“El Estado sigue siendo el gran actor en términos económicos y cuanto más intervencionista es la orientación, más margen tienen para operar. El caso argentino es distintivo, además, porque hay una disputa sobre el modelo de desarrollo al interior del empresariado, y entre el empresariado y otros sectores. ¿Cuál es el modelo de desarrollo que debería seguir la Argentina? ¿Es el primario-exportador, agroindustrial, industrial innovador, con o sin protección del mercado interno, centrado en las pequeñas y medianas empresas, en las grandes? Hay un montón de controversias dentro de la propia élite económica y de la élite política, que te da una variabilidad de alianzas increíbles. Como además no está reglamentado el lobby, aunque existe y es muchísimo, los empresarios mantienen una actividad política intensa para participar de las corporaciones, ampliar la red con otros sectores del empresariado, del Estado, y colocar personas en resortes claves del aparato estatal. Es un juego político muy inestable sobre una orientación de horizonte incierta”, indica Castellani.

 

–¿Hoy la élite económica mantiene ese nivel de colonización estatal?

–AC: No tenemos analizados los datos del período post 2001, pero creo intuitivamente, que se les ha cerrado el acceso a cargos en áreas de gestión económica. En los últimos años, hubo un desembarco de economistas heterodoxos que generó un cambio de las reglas para la élite económica y las llevó a reactivar la acción política por el lado de las corporaciones tradicionales o de los grupos más informales como AEA. El hecho de que Mercedes Marcó del Pont ocupe el Banco Central es inédito. Ahí no hay canal de comunicación posible. No es por ella, sino por lo que ella expresa y con el personal con el que desembarcan en el Banco Central. Les genera una extrañeza total. No es lo mismo que sucedía con Alfonso Prat Gay o Martín Redrado. Con ellos, había flujos de información, espacios sociales e intereses compartidos.

–¿Se puede hablar de un enfrentamiento entre élite política y económica?

M.H: –Es indudable que uno de los mayores conflictos de la década fue en 2008 con las dirigencias del sector agropecuario. Pero también es innegable que fueron años en los que mucha gente hizo muy buenos negocios. La respuesta supone complejidades. Al menos hasta 2007, se observa cierta disminución de las desigualdades sociales, pero hubo también mucha prosperidad en sectores medios altos y altos.

AC: –No es una década que les haya afectado los márgenes de utilidad. Los balances de las 200 firmas más grandes que operan en el país muestran niveles de rentabilidad superiores a los de los años noventa. En términos estructurales, la cúpula empresarial no presenta grandes transformaciones. En estos años se profundizaron todos los rasgos que venían del noventa: concentración, extranjerización, mismo perfil sectorial. Pero esta es una década que les ha afectado las pautas de interrelación con el sector público. El gobierno empezó a reclamar una dosis mayor de autonomía para la gestión económica. Se abandonaron estrategias y articulaciones: hoy los espacios de diálogos formales e informales están muy reducidos. Si los empresarios se guiaran por una cuestión de frío cálculo racional tendrían que decir que este es su mejor período. Pero lo paradójico es que esto se logra aplicando políticas económicas que ellos jamás propiciarían. Porque están convencidos de que la macroeconomía debe tener una orientación ortodoxa, están convencidos de la apertura, la desregulación, de que la injerencia estatal debe ser mínima. La convicción es liberal.

–¿Pero hoy las élites económicas tienen igual incidencia en los lineamientos macroeconómicos?

AC: –La incidencia sigue siendo de carácter estructural. Dejan de invertir, fugan capitales y te tratan de torcer el brazo. Ahí hay una pulseada clara con este gobierno que intenta avanzar sobre ámbitos de decisión empresaria intolerables para los capitalistas. Hay que tener en cuenta que los niveles de acción del empresariado son múltiples. Para los obreros, sólo hay una forma de acción posible, la acción colectiva. Los empresarios tienen muchas: invertir o no, sacar plata, generar puestos de trabajo, diversificarse, presionar a través de las corporaciones, hacer lobby.

MH: –El apoyo empresario puede pasar por valorar públicamente algunas medidas o por traer capitales del exterior. Y no necesariamente van juntas. En los noventa, los empresarios nacionales iban a todos los actos, pero vendían empresas y fugaban divisas. En 2005, en cambio, encontrás un discurso más crispado, pero inversiones consistentes. De todos modos, hay una práctica recurrente que es una gran desconfianza por el Estado y un cortoplacismo generalizado.

–¿Hay reinversión en investigación y desarrollo?

MH: –No hay un gen que lo hace al empresario especulativo o perezoso. Hay historias que sedimentan en algunas prácticas. El INTA fue central en la tecnologización del campo, pero ¿eso fue bueno o malo? Probablemente las dos cosas.

AC: –Hacer innovación de punta requiere la conformación de un sistema científico tecnológico que, aunque se ha avanzado, aún no tenemos. De todos modos, existe una tendencia de larga data a invertir en los activos financieros y que esos activos financieros se dolaricen. Es muy difícil sostener modelos estructurales si no hay un cambio en este tipo de conductas.

–¿Qué tipo de intervención estatal es necesaria para modificar esas conductas?

AC: –Primero hay que consensuar el modelo. En este período no se trabajó en la construcción de un consenso entre los actores económicos. Al empresariado, el disciplinamiento estatal siempre le genera desconfianza. Igual no está mal preguntarse si a ellos les conviene la estabilidad macroeconómica y una mayor coherencia en la intervención estatal, o no.

MH: –A río revuelto ganancia de pescadores: quienes buscan ganancias extraordinarias, tienen grandes oportunidades en tiempos de crisis. Pero cuando el riesgo es alto también puede acarrear grandes pérdidas. El desafío es que el empresariado comprenda que la intervención estatal es un mecanismo necesario para que un proyecto se cristalice y se sostenga. Y parte de la fuerza de las elites está en la incapacidad de las políticas públicas de establecer diferenciaciones: es lo mismo para el que quiere comprar 100 dólares que para el que quiere fugar millones.

–¿Cuánto influye la corrupción en esa desconfianza?

AC: –La corrupción es un fenómeno relacional. No está instituida solo en el sector público. En el imaginario, el Estado aparece como el único responsable de la corrupción. Pero si hay prácticas de corrupción durante 40 años, se trata de un fenómeno estructural que atraviesa diversos gobiernos e involucra al menos dos actores.

MH: –Muchas veces la denuncia contra la corrupción se instala en el debate electoral como el gran problema de la relación entre el Estado y las elites. No hay ningún indicador confiable que muestre que la Argentina tiene índices más altos de corrupción que sus vecinos. Pero sí hay evidencias claras de que a la Argentina le cuesta mucho más mantener un modelo de desarrollo con continuidad. El riesgo es que se reproduzca la discusión de la campaña de 1999, donde en lugar de discutir sobre el modelo de país se instala que la culpa de todo la tiene la corrupción y que todo se soluciona con honestidad.

–¿Cómo pactar las bases de un modelo de desarrollo a largo plazo?

AC: –Si se quiere consolidar una senda, tenés que llamar a un debate público y que cada sector muestre las cartas sobre el modelo que quiere propiciar, con qué objetivos y qué lineamientos. Y ahí se va a poder ver el grado de fragmentación que hay en torno a cuál tiene que ser el modelo a alcanzar. En los sectores dominantes no hay consenso sobre esta cuestión. Ni con los chicos. Ni los grandes entre sí. Hoy la exportación industrial de origen agropecuario es muy alta, la exportación industrial de origen no agropecuario también es muy alta, pero de escaso valor agregado y con alto componente importado. ¿Hay que profundizar la sustitución de importaciones en todos los casilleros que faltan? ¿Sólo en algunos casos? ¿Vas por la aprobación de las exportaciones? ¿Por las dos cosas? ¿Vamos por la exportación de commodities y todo lo que falta se importa y las divisas se obtienen del financiamiento internacional barato? Los modelos de discusión hoy son  antagónicos. Hay que dar el debate para que quede explicitado qué propone cada actor.

MH: –La discusión no debería limitarse sólo al sostén del crecimiento, sino a la organización social que acompaña los distintos modelos económicos. Hoy la pregunta fundamental no es por el crecimiento sino por el desarrollo. ¿Con qué recursos? ¿Con qué horizontes y qué costos? ¿Qué tipo de mano de obra compromete? Algo se avanzó en estos años, pero con el recelo de parte de la sociedad argentina. La soja emplea un porcentaje muy pequeño de la población. ¿Y con el resto qué hacemos, asistencialismo? La sociedad debe comprender que hay una discusión pendiente. No sé hasta qué punto las elites políticas son conscientes de la necesidad de ese plan y de un Estado eficaz que le de sustento. «

 

 

derribando mitos sobre la oligarquía nacional

A pesar de la insistencia en el discurso público de la noción de “oligarquía”, un estudio de las mismas investigadoras sobre los multimillonarios argentinos muestra la importancia de los descendientes de inmigrantes y, por lo tanto, el menor peso de miembros de las clases altas tradicionales.

 

Los grandes apellidos, indican Castellani y Heredia, constituyen un número “insignificante” en el listado de los 130 dueños y dirigentes de empresa que comandaron las 90 compañías más importantes del país entre 1976 y 2001.

 

Además, aunque se tiende a asociar la “oligarquía” a las actividades agropecuarias, los hombres de negocio más prósperos son también los más diversificados. Hay una actividad económica de partida, pero luego se expanden a otras, tanto sobre el escenario local e internacional.

El predominio de la gestión familiar de los negocios en las empresas argentinas de todo tamaño resulta “abrumador” y da cuenta de sus virtudes, aún en el capitalismo globalizado. Si bien es posible identificar ricos estructurales y nuevos ricos, el debilitamiento de los primeros y las cuantiosas redes que los vinculan con los segundos propician cierta disolución de las diferencias así como el encuentro y el intercambio entre ambos en los espacios reservados a las élites económicas.

A pesar de que es corriente la impugnación a los ricos, ese gesto plebeyo no ha impedido que las desigualdades perduren y hasta se agudicen, indican. “Es en la transparencia y eficacia de las regulaciones impositivas, laborales, distributivas, donde el dilema sobre la moralidad de la riqueza puede dar paso a pautas más explícitas y legítimas de distribución y reconocimiento”.

 

 

hombres, porteños, más modernos y formados

Si bien se suele asociar a la élite económica con valores tradicionales, el trabajo de las investigadoras muestra una presencia cada vez mayor de divorciados y solteros en la élite, y un menor peso de la religión: sólo un 23% se manifestó católico a principios de los años 2000. El estudio muestra también que, más allá de la extranjerización de la economía, el 80% de la élite económica sigue siendo argentina, sobre todo, de la Ciudad de Buenos Aires.

“En un país con inestabilidad macroeconómica, y una articulación positiva con lo público, las empresas buscan que en la dirección haya personas con una amplia red de contactos, que les permita obtener facilidades y acumulación. Esto permite que las empresas transnacionales prefieran contratar un CEO de origen argentino, tanto por su know how de la política local como por las redes tejidas con el Estado, el sector corporativo y el mundo empresarial en general”, explica Castellani.

Junto a esta modernización, la élite económica argentina vivió cierta internacionalización, al menos en lo que respecta a su educación formal. Las élites no sólo son más educadas que en el pasado –la cantidad de universitarios graduados alcanzaba el 48% en 1976 y el 70% en 2001– sino que continúan sus estudios de posgrado casi en su totalidad en el exterior.

En paralelo, se observa un menor peso de las universidades públicas en detrimento de las universidades privadas de orientación católica: en los noventa sólo un 58% de los miembros de la élite económica provenía de las universidades estatales, cuando en los setenta, esa cifra ascendía al 73 por ciento.

Otro dato es que, si bien los ingenieros siguen siendo predominantes, los economistas han ido desplazando a los abogados. Los militares, que en los años setenta representaban al 7%, hoy no cuentan casi con ninguna representación.

“Las élites se han privatizado y sobre todo en áreas como economía, derecho, ingenierías. Se expandieron las universidades privadas y se expandió el número de graduados. Esto no significa, sin embargo, que los egresados de las universidades nacionales no puedan competir en igualdad de condiciones. Las grandes empresas reclutan también en las públicas. No necesariamente se da una asociación tan lineal entre universidades de élites, cargos de élites”, señala Castellani.

“El boom de las universidades de élites, Di Tella, San Andrés, Austral, es reciente, recién veremos los efectos en el 2020”, agrega Heredia.

Finalmente, el estudio muestra que el mundo del poder sigue siendo predominantemente masculino: sólo el 2% de las élites políticas y económicas son mujeres.

 

 

 

Quién es quién

Los hermanos Alejandro y Carlos Bulgheroni, dueños de un porcentaje de la segunda petrolera más grande del país, Pan American Energy, son herederos del grupo económico Bridas fundado por su padre. En los ’90, se expandieron en el mercado local gracias a la desregulación y privatización petrolera. En 1997 fusionaron la empresa con el gigante estadounidense Amoco, que un año más tarde se uniría a la británica British Petroleum.

Paolo Rocca es un ingeniero de tercera generación, que preside el Grupo Techint, compuesto por empresas como Terniun y Tenaris. Hasta los ’70, la expansión del conglomerado tuvo lugar gracias a su rol privilegiado de proveedor, cliente y contratista de diversas empresas y reparticiones estatales. La reinversión de una parte de las utilidades en investigación y desarrollo permitieron que se inserte en el mercado mundial. Activa participación política.

Eduardo Eurnekian es presidente de Corporación América, un grupo diversificado que tiene negocios, principalmente, en la administración de los aeropuertos del país, concesión de rutas, energía, vinos y biodiesel. A mediados de los ’80, también incursionó en el negocio de los medios de comunicación. Tras la crisis de 2001, se concentró en una estrategia de internacionalización.

Gregorio Pérez Companc es un católico practicante, vinculado al Opus Dei, descendiente de una familia relativamente tradicional de la Argentina. Está casado con una descendiente de apellido ilustre, María de Carmen Sundblad Beccar Varela, con quien tuvo ocho hijos. La expansión del emporio se dio durante la dictadura por una fuerte articulación con las empresas y reparticiones del Estado como contratista y proveedor.

Inés de Lafuente Lacroze, una de las únicas mujeres de la élite económica, es hija de Amalita, quien heredó la fortuna de Alfredo Fortabat, el dueño de la principal cementera del país: Loma Negra. Su madre fue defensora de las políticas de reforma estructural de los noventa y lideró una estrategia de activa participación en el proceso de privatizaciones. En Forbes señalan que Inés prefiere la vida familiar y la filantropía a los negocios.

Fuente. Diario Tiempo Argentino

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