“El desafío de la revolución cultural”

Sobre el tema el historiador argentino Alberto Lettieri, doctor en historia, director  académico del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano “Manuel Dorrego”, quien se encuentra presentando en el país su último libro “La historia argentina en clave nacional, federalista y popular” manifestó en su columna de opinión de “Miradas al Sur que “El sistema de dominación impuesto por la oligarquía argentina a través del liberalismo nativo incluyó no sólo acuerdos políticos y económicos espurios y el exterminio de aquellos grupos étnicos y sociales que significaban algún tipo de traba a su consolidación, sino también la construcción de un sistema educativo y de un conjunto de representaciones sociales, que consiguieron manipular exitosamente la conciencia social, rutinizando y volviendo naturales aquellos valores y estructuras, sociales y mentales, propios del modelo diseñado. Gracias a su éxito, el vicepresidente Julio A. Roca (h) pudo afirmar sin ruborizarse que la “Argentina era la joya más preciada de la corona de su majestad británica”, en el marco de la década infame de 1930 o, lo que es aún mucho más grave, un gobierno surgido del voto popular en la década de 1990, publicitó como éxitos de su gestión el tramado de relaciones “carnales” con los Estados Unidos, la entrega del patrimonio nacional y la exclusión y el hambre de las mayorías populares, con el respaldo fervoroso de los sectores autodefinidos como más cultos y progresistas de la sociedad argentina.

Naturalmente, para que pudiera concretarse este desaguisado que implicaba la negación explícita de los valores y fundamentos de cualquier país soberano, resultó indispensable la construcción de un tramado ideológico que naturalizó la dominación y el colonialismo cultural, y cuyos orígenes pueden rastrearse en los tiempos coloniales, la experiencia de los unitarios en las décadas de 1810 y 1820, y, fundamentalmente, la construcción del referido sistema de dominación, política y cultural, a partir de la caída de Rosas. Evidentemente, los liberales de mediados del siglo XIX tomaron conciencia de que si bien la sumisión de la sociedad argentina debía obtenerse, en un primer momento, a partir de la acción de un afilado aparato represivo, la rutinización de la dominación necesitaba de herramientas no menos eficaces al momento de manipular las mentes de los sobrevivientes. Por esa razón, confiaron esta tarea esencial dentro del proceso de construcción de su hegemonía a dos instrumentos claves y demoledores: la prensa y la educación. A través de la prensa, los sectores dominantes consiguieron imponer la certeza de que no existían alternativas a la imposición de un modelo individualista, colonialista, excluyente e injusto, al que asociaban con la civilización y la modernidad. Sin embargo, este proceso de manipulación de la opinión pública exigía la instalación de un sedimento previo, capaz de cercenar voluntades y asignar a la dominación de clase la condición de verdad revelada. Para ello, la escuela sarmientina, autoritaria y disciplinadora, cumplió una función esencial: en lugar de educar para la libertad, educó para la sumisión, impuso un pensamiento único y divulgó una lectura interesada del pasado, vigorosa e instrumental, tramada con maestría por el gran titiritero de la historiografía argentina: Bartolomé Mitre. Los contenidos y funciones sociales estaban claramente definidos: educación básica para las clases subalternas, educación media, en el marco de las Escuelas Nacionales, para los sectores medios, y la universidad para la elite. De este modo, mientras unos pocos años de educación básica bastaban para convertir en “argentinos” a los hijos de los inmigrantes, imponiéndolos el lenguaje, una mirada parcial e inconexa de la historia nacional y una matriz sumisa a sus conductas, a través de un riguroso sistema de disciplinamiento, los sectores medios accedían a conocimientos y capacidades adecuados para alimentar las huestes de las burocracias, pública y –en menor medida– privada, que reclamaba el proceso de modernización económica.

Los hijos de la elite, en tanto, gozaban del monopolio de una universidad que sólo fue gratuita a inicios de los años 1950, durante la gestión de Juan Domingo Perón. Sin embargo, durante la mayor parte de su existencia, y, dolorosamente, aún en muchos casos en la actualidad, los centros universitarios se convirtieron en las trincheras de la aculturación y de la dominación cultural de los imperios de turno. Autistas e interesadas únicamente en integrarse a las grandes redes internacionales de construcción del conocimiento o servir de cadena transmisora de sistemas de dominación foráneos, las universidades argentinas educaron a sus alumnos en el desprecio de los valores nacionales y la deificación del eurocentrismo. No por casualidad hasta la década de 1960 la universidad fue tradicionalmente el patrimonio de la reacción frente al proyecto nacional y popular.

En el campo de las humanidades, esta situación es particularmente preocupante. Intelectuales formados gracias al aporte de la sociedad argentina en su conjunto no sólo han juzgado con crueldad la voluntad de las mayorías expresada a través del sufragio y de la participación política, sino que directamente, en muchos casos, han adoptado posiciones que sólo pueden caratularse en términos de traición a la patria. Tal es el caso de quienes, pretendiendo ser la corporización de los valores y de las prácticas democráticas, han impuesto una suerte de pensamiento único en la universidad y el Conicet a partir de 1983. En los últimos tiempos, intelectuales tales como Beatriz Sarlo, Luis Alberto Romero o Hilda Sabato han asumido públicamente su condición de briosos espadachines de los derechos de los kelpers, a través de las páginas de Clarín y de La Nación.

El caso de Romero es particularmente ejemplificador: hijo del rector interventor de la Universidad de Buenos Aires en tiempos de la Revolución Fusiladora de 1955, Luis A. Romero no tuvo empacho en ser una de las plumas más destacadas del periódico Convicción, creado por el almirante Massera para proyectar su imagen política durante los años de plomo. Hace unos pocos días, en un artículo en el diario de Mitre, Romero decidió denominar como Falklands a las Islas Malvinas, caracterizando al vergonzoso plebiscito realizado recientemente como la concreción del sueño democrático de Rousseau. Para Romero, la cuestión Malvinas no constituye más que un patrioterismo barato, una más de las “miserias de nuestro trauma nacionalista”. En su vibrante retórica reaccionaria, llega al punto de descalificar sin fundamento válido alguno la sólida tesis de nuestro Estado Nacional, aceptada por los organismos internacionales, de que el derecho de autodeterminación no es aplicable en el caso de una “población implantada” que desplazó a través de la fuerza a los habitantes originarios, por lo que el plebiscito está impregnado de nulidad absoluta.

La actitud de Romero, y del resto de los intelectuales señalados, de alinearse impunemente en contra de los intereses de la Nación Argentina, es preocupante además por el hecho de que estos sujetos han tenido –y siguen teniendo en buena medida– el control de la corporación académica a nivel nacional, imponiendo contenidos e interpretaciones sumamente lesivas para los intereses nacionales. Trasladados a través de sus divulgadores al interior del sistema educativo, han permitido reafirmar y renovar los viejos valores colonialistas y excluyentes propios del liberalismo más tradicional.

Para consolidar definitivamente el proyecto nacional y popular resulta indispensable una profunda revolución cultural, capaz de transformar radicalmente los valores, los contenidos y las prácticas que imperan hoy en día en el mundo académico, y repercuten en el resto del sistema educativo y en los procesos de formación de la opinión pública. Una sociedad pluralista, democrática e inclusiva no puede levantarse sobre los cimientos del dogma de liberalismo oligárquico. De la respuesta que seamos capaces de dar a este desafío –que va de la mano con la vigencia efectiva de la ley de medios y de la imperiosa reforma de la corporación judicial– depende en gran medida nuestro futuro, y la calidad y la matriz social que seamos capaces de legar a las generaciones que nos suceden”.

Fuente: Periódico Miradas al Sur (Argentina)

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s